Relato

Interestatal 5

–¿Aún tienes la ropa mojada?

–Un poco – Natalia palpó uno de los tirantes de la camiseta. Ya sabía que no estaba del todo seca, lo notaba sobre la piel, pero creyó que a Dani le interesaría conocer el grado de humedad de la prenda. Él era así, necesitaba controlar los pequeños detalles. Era como un inspector de sanidad toca huevos. Luego prosiguió –, pero empiezo a secarme.

Pese a la postura incómoda que Dani había adoptado al volante, hacía rato que no se sentía abrumado. Además, algo en su interior empezaba a germinar en forma de orgullo. No sólo se había acostumbrado a aquel Chevrolet gigante, sino que apenas había encontrado complicación a conducir sin el embrague. Esos americanos eran muy listos, sabían mucho sobre facilitar la vida. Siempre que no fueras demasiado pobre como para vivir en la calle, como aquellos mendigos que había encontrado en West Lake. Pese a todo, no quería desconcentrarse. Frente a ellos, una extensa carretera de cinco carriles discurría recta hasta perderse en el horizonte. Si fijaba la vista en un punto lejano, le parecía que las montañas Californianas adoptaban un matiz anaranjado bajo el sol aplastante. Así que no estaba cohibido, claro que no, pero tampoco pretendía relajarse demasiado. Por si acaso. Natalia diría “Obvio que estás tenso, la gente no conduce pegada al volante, ¿tú has visto lo rígido que estás? Agarras tan fuerte el volante que lo vas a asfixiar”. Pero qué sabría Natalia. Desde que abandonaron Los Ángeles se había limitado a peinarse el pelo con los dedos y a exclamar alegremente “Mira, quizás ahí encontremos a Jessica Alba” cada vez que pasaban un área de servicio. 

–¿Vas bien? –le preguntó ella. Levantó ligeramente las gafas de sol, como si quisiera observarle mejor–. Te veo tenso, te vas a hacer daño en la espalda si conduces así.

–Estoy bien, tranquila. Es que no conozco el sitio y ya está, pero me acostumbraré.

La chica ahogó una risa y aparcó el tema. Se había habituado a las inquietudes de Dani. Sabía que necesitaba sus periodos de adaptación, en cierto modo se trataba de llegar a dominar la situación. Era mejor no insistir. La experiencia le había demostrado que tratar de confortarlo con palabras agradables nunca funcionaba. Porque Dani necesitaba crear su propia seguridad.

En un intento de adelantar al coche que circulaba ante ellos, Dani observó por el retrovisor. Divisó una furgoneta blanca que se les aproximaba, y al centrar la atención en el conductor encontró a un chico pelirrojo muy joven. No viajaba solo, y tuvo la impresión de que se trataba de uno de esos grupos de universitarios que deciden recorrer el país en furgoneta. Cuando estuvo más cerca, el vehículo le pareció enorme. “En este país todos los coches son monstruos”, pensó, “están hechos para esta gente tan enorme”.

–…con la de mierda que comen no me extraña sean enormes–dijo.

–¿Qué?

–Nada, pensaba en voz alta – y sin apartar la mirada del retrovisor mostró un deje de frustración–. Venga pelirrojo, ¿vas a pasar o no?

Dani trató de frenar, pero su mente olvidaba a veces cómo funcionaba un coche automático y la sensibilidad de Chevrolet alquilado, y al presionar con un poco más de fuerza, el frenazo resultó un tanto violento. Natalia se incorporó hacia delante, pero el cinturón de seguridad la retuvo.

–Perdona, cielo – dijo Dani poniendo una mano sobre su pierna –. ¿Te has hecho daño? Pensaba que dominaba mejor este coche.

–Estoy bien, estoy bien. No pasa nada.

Cuando la furgoneta hubo adelantado, Dani se colocó en el carril izquierdo.

–Si vemos una gasolinera deberíamos parar, no quiero que comience a hacerse de noche y que nos quedemos tirados.

–No vamos a quedarnos tirados– rió en un tono que sonaba más a obviedad que a burla–, el depósito está casi a la mitad.

–¿Y si no encontramos una gasolinera después? ¿O si no la vemos porque está oscuro?

–Vale, vale, como quieras. Pararemos, y de paso podríamos comer algo, empiezo a tener hambre y aún queda mucho para llegar a San Francisco.

–Me parece bien, ¿qué tal tu ropa? ¿Sigue mojada?

–Mi ropa sigue igual que hace dos minutos– y esta vez, en la voz de ella sí había un deje de impaciencia.

Natalia se acomodó en el asiento, y fijó la mirada al otro lado de la ventanilla. A pesar del aire acondicionado podía notar la ola ardiente del exterior. En parte porque la había sufrido, y porque la vegetación mostraba un color apagado, arenoso, casi chamuscado. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cayó en un estado de sopor.

A Dani le invadía cierta sensación de frustración. Natalia mostraba signos de exigencia que crecían a medida que el viaje avanzaba. Nada de lo que él pudiera hacer o decir parecía suficiente. El de Natalia, era como un mal humor perpetuo del cual se sentía un poco responsable. Para qué negarlo, Natalia vivía enfada con él. La noche anterior le había confesado que se marchaba de Los Ángeles con “cosas pendientes por ver”.  Dani no había entendido, y ante su expresión confusa ella puso como ejemplos el restaurante donde se filmó la primera escena de Pulp Ficcion, o el Cheese Cake, el restaurante donde trabajaba Penny de The Big Bang Theory. También insinuó que él no estaba disfrutando del viaje. Así que Dani se descubrió a sí mismo esforzándose por demostrar que era el mejor viaje de su vida. En realidad, a él todo ese rollo de las estrellas y el Observatorio
Griffith que aparecía en La La Land no le generaban los mismos sentimientos que a ella. Recordaba haber visto La La Land, pero no era capaz de describir el argumento ni recordar el final. Sólo recordaba a la pelirroja que salía en Spider-man, aunque en Spider-man salía rubia. De hecho, juraría que se durmió viendo La La Land. Pero para Natalia, todo ese mundillo era importante. Y él estaba allí, conduciendo tenso por aquella carretera de cinco carriles por ella. Pero claro, Natalia no valoraba ese sacrificio.

Pasó un rato, hasta que la voz de Dani devolvió a Natalia a la realidad.

–Un área de servicio, Natalia. ¿Quieres que paremos?

Abrió los ojos con lentitud. Lo primero que divisó fue la señal amarilla de la gasolinera y después la entrada a un Burger King.

–Vale, sí.

Dani tomó la siguiente salida y al poco ya se encontraban en el interior del área de servicio.

–Por Dios, qué grande es esto– comentó ella.

El recinto, sin tener en cuenta la gasolinera, albergaba unos pocos edificios de techo plano, de los cuales la mayoría eran restaurantes de comida rápida. Aun así, no había demasiada gente merodeando por allí y las distancias entre los locales eran tan amplias que Dani y Natalia no pudieron evitar un ligero sentimiento de desolación. Los pocos coches que se habían desviado habían ido a parar a la gasolinera, y en consecuencia ésta había cubierto su cupo de servicio. Entre los coches que esperaban, Dani divisó la furgoneta blanca en la que viajaban los estudiantes.

–¿Tienes hambre? –dijo él al ver que la gasolinera estaba al completo–. Te diría de comer primero y luego ya repostaremos.

–De acuerdo, como veas.

Natalia se quitó las gafas de sol y se las colocó en la cabeza, como si fuera una diadema.

–¿Qué te parece el Burger King? Tampoco hay mucho más.

Dani no respondió, se limitó a circular por el recinto con la lentitud que requiere una correcta inspección. Natalia no interpretó el silencio de Dani como una negativa, sino como una indecisión. Esperó que él se situara, quizás daría dos vueltas antes de decidirse.

–Entonces, ¿Burger King? –preguntó al poco.

¿Qué te parece ese sitio de ahí?

Entre una tienda de ultramarinos y un Starbucks, Dani había divisado un local alargado que daba la impresión de pretender pasar desapercibido. El marrón desgastado de las paredes le daba un aire de cabaña vieja. Junto a la puerta, dos grandes cántaros mejicanos flanqueaban la entrada rojiza.

–¿Ese? Estás de broma, ¿no? Pero si no hay nadie, el aparcamiento está vacío.

–Por eso mismo, nos atenderán rápido.

Dani condujo hasta quedar a una distancia que le permitiera una mejor inspección. No solía preocuparle el estado deteriorado de las cosas, Natalia era mucho más esnob que él en esos temas.

Durante unos segundos observaron el local a través del cristal trasero del coche. Unas cortinas que parecían espesas impedían divisar el interior.

–¿Estás seguro de que no está cerrado?

–En el cartel pone que está abierto, ¿ves? Open.

–Pues a mí no me gusta.

–¿Qué no te gusta?

–Me da mal rollo.

–Natalia, no te puede dar mal rollo sólo la entrada.

–Bueno…no sé.

–Al menos vamos a echarle un ojo. ¿No estás harta de tanta comida basura?

–…sí…pero no sé si esto va a ser mejor.

Bajaron del Chevrolet, y prácticamente cerraron la puerta al unísono. En el exterior, el sol alto abrasaba el suelo.

–Espera–dijo Natalia como si recordase algo–. Voy a coger ropa para cambiarme en el baño. ¿Puedes abrir el coche?

–¿Ahora vas a cambiarte?

–Mejor eso que esperar a que se me acabe secando.

–Deberías haberte cambiado en los baños públicos de la playa de Malibú. Te he dicho que te cambiaras allí.

–Y yo te he dicho que estaba sucio y que me daba asco que la ropa cayera al suelo.

Natalia abrió la maleta y al poco ya había extraído la ropa interior, unos tejanos largos y una camiseta de manga corta muy sencilla.

–¿Llevas la ropa interior en la mano?

El tono sonó desesperado.

–Los he tapado, tranquilo – contestó molesta–. Deja de reñirme, nadie va a ver ni mi sujetador ni mis bragas.

–Yo no te riño.

–Sí lo haces, todo el rato, y no dejas de quejarte.

Dani puso los ojos en blanco, no porque pensase que Natalia exageraba sino porque conocía el proceso de las discusiones. Él insistía e insistía, hasta que ella adoptaba una expresión disgustada. Era entonces cuando se enfadaba y se pasaba de morros lo que quedaba del día. Realmente, a Dani no le apetecía discutir en ese instante, ni que Natalia se volviera enfurruñada y hermética, así que creyó que era mejor jugar el rol de la sumisión.

Está bien Nati, perdona.

Natalia subió los peldaños sin darse tiempo para serenarse. Quizás se guiaba más por la poca paciencia que le quedaba que por perdonar a Dani. Bajo el cartel azul con letras blancas donde se leía Push, encontró un tirador de madera y empujó.

El interior del local tenía algo de cavernoso, incluso parecía que allí dentro la atmósfera se volvía menos tórrida. Tras la barra, una señora enjuta los observaba un tanto expectante. Natalia diría que no era expectación en el buen sentido. Dani, que sólo era una anciana como cualquier otra.

Tenía el pelo negro, con rizos cortos y alborotados que recordaban a las pelucas cutres de carnaval. El movimiento de los brazos, mientras secaba un vaso de cristal, marcaba una delgadez casi raquítica. Junto a ella, un señor mayor había tomado asiento en el taburete mientras escribía algo sobre la barra. Parecía inmerso en su propio pasatiempo. Sin levantar la mirada, escribía fuerte sobre el papel. Quizás, si sigue así, acabe haciendo un agujero, pensó Dani.

El hombre se pasaba la palma de la mano por la cabeza, acariciando la calva, como si se asegurara de que los escasos pelos que le quedaban seguían ahí.  Sin embargo, la señora menuda no había apartado la mirada de ellos, ni que fuera por una fugaz timidez, un sentimiento de invasión, y tampoco ofreció signos de amabilidad. La sensación de molestar en un restaurante no debe de ser buena, pensó Dani.

Y a pesar de las repentinas dudas, Dani se esforzó en demostrar lo contrario. Cruzó el local y cuando estuvo frente a la señora, apoyó el cuerpo en uno de los taburetes tapizados. Acto seguido inició una conversión en inglés con la intención de pedir una mesa para dos. Natalia ni tan solo lo intentó. Se limitó a ejercer su papel de espectadora y tratando de ser discreta, echó un vistazo al local que tan malas sensaciones le generaba. Tal como había predicho, Dani y ella eran los únicos clientes. A la derecha de la barra y separadas de ésta por un amplio pasillo, las mesas de madera formaban una hilera larga que debía de llegar… ¿hasta los baños? Sobre estás, en la parte donde no había ventanas divisó insignias deportivas que no supo reconocer. Lo asientos estaban formados por pequeños sofás cuyo tapizado desconchado fue anteriormente de un azul pastel muy vivo. O debió de serlo. Tomó aire y al volverse vio que el señor rellenaba crucigramas en castellano. Tenía la piel demasiado unificada, demasiado brillante, como formada de porcelana.

Al fin, la señora preguntó:

Where are you from?

Natalia fue consciente de que había perdido el hilo de la conversación, pero enseguida se puso en situación. Dedujo, por el tono de la señora, que, en un acto desesperado de entenderse con Dani, trataba de buscar palabras en otro idioma. Cuando él contestó que venían de España, la señora efectuó un gesto de admiración. A Natalia le pareció una de esas gallinas viejas y negras de las granjas.

–¿Por qué no lo dijisteis antes? –exclamó con acento mexicano–. Aquí hablamos español todos.

La mujer salió del mostrador, y al bajar el escalón apoyó la mano diminuta en la pared para obtener soporte. Después echó a andar por el local mientras, agitando una mano, les indicaba que la siguieran.

Los acompañó a la mesa más luminosa, junto a una ventana desde donde se divisaba el Starbucks.

–Aquí estaréis bien– dijo, y encendió la tele que colgaba justo encima.

–Gracias–dijo Dani ojeando la carta.

–Gracias– añadió Natalia.

–¿Tú también hablas español? Vaya, qué sorpresa, no lo hubiera dicho. De tan rubia que eres, pareces gringa.

Natalia forzó una sonrisa, aunque pensó que no le había quedado del todo falsa. Pidieron nachos y una hamburguesa, porque era lo que a Dani le apetecía y en su mente, cuando salían a comer, la situación funcionaba de la siguiente manera: o los dos somos sanos, o los dos pecamos. A Natalia no le importó esta vez, la ensalada tampoco tenía demasiada buena pinta.

–Mal país para una vegetariana, eh–comentó Dani.

Natalia sonrió ante la broma. No era vegetariana. No es que cumplía el régimen de manera estricta, pero limitaba el consumo de carne a escasas ocasiones.

Se acomodó en la butaca y dejó la ropa a su lado.

–Creo que va a venir.

–¿Qué?

–El marido. Creo que pretende acercarse a nosotros.

 Natalia desvió la mirada hacía la barra. Efectivamente, el señor de rostro brillante los observaba, muy curioso. Tardó escasos segundos en levantarse del taburete y dirigirse hacia ellos.

Dice mi señora que hablan ustedes español–dijo cuando estuvo junto a la mesa.

–Sí–añadió Dani–, hablamos castellano, qué suerte haber entrado aquí.

El señor permanecía de pie, en una postura muy recta y con las manos cogidas a la espalda. Parecía más dispuesto a soltar un recital que a entablar una conversación natural. Había algo extraño en su expresión, o tal vez sólo era la piel de porcelana, que se exhibía demasiado unificada. No creo que este señor se haya puesto botox, pensó Dani, pero quién sabe.

–¿Habéis visto el tiempo en Texas?

Dani y Natalia cruzaron miradas, agitaron la cabeza en señal de negación, y soltaron un inseguro no.

–Pues está inundada. Yo soy de Texas, pero mi papá era mexicano. Mi esposa nació en México, aunque al poco su familia se mudó.

Lo que faltaba, pensó Natalia, ahora nos va a contar su vida.

Dani atendía al señor, con los dedos entrelazados y la cara apoyada sobre las manos. Y Natalia lo observa a él. Sabía que era menos sociable que ella y que por dentro debía de estar despotricando por la necesidad de diálogo que albergaba aquel hombre. Dani necesitaba un mínimo de aislamiento con los desconocidos. Pero las buenas formas le podían, y fingía que la historia del señor de rostro extraño le interesaba. Porque Dani era así, muy muy muy agradable. Claro, muy agradable cuando no tenías que aguantar sus desvaríos maniáticos, entonces sí, era muy muy muy agradable.

Y el señor prosiguió. Ahora, su hijo, que se casó con una profesora de instituto, vivía en Texas, en una ciudad que ni Natalia ni Dani fueron capaces de identificar, ni tan sólo estaban seguros de haberlo entendido bien. Ella enseñaba literatura y su hijo vendía coches de segunda mano.

–¿A dónde os dirigís ahora?

–A San Francisco.

–Ah, ¿y vais por la Interestatal 5?

–Sí, es lo más rápido.

–Lo mejor habría sido que fuerais por la costa. No hace tanto calor y el paisaje es más bonito. ¿De dónde venís?

–De Los Ángeles, aunque hemos parado en Malibú.

Y entonces Dani recordó algo. Se volvió hacia Natalia y le preguntó:

–¿Aún tienes la ropa mojada?

–Sí, un poco.

Lo dijo con fingida paciencia, y Dani, si notó el sarcasmo, no lo comentó. Ella era consciente de estar mostrándose un tanto arisca. Realmente, le sabía mal por el hombre, normalmente su actitud era mucho más amable, pero lo único que deseaba en ese momento era comer rápido y en paz para poder cambiarse de ropa en el baño. Empezaba a incomodarle el bikini.

–Ah, Malibú. Es una playa bonita. ¿A Texas no vais a ir?

¡Qué manía con Texas! Ni iban a Texas, ni le apetecían ir a Texas. Ni si quiera les pillaba de camino ir a Texas. De repente, Natalia temió que aquel hombre se quedara junto a ellos mientras comían. Se sentiría muy incómoda si así ocurría.

Sin embargo, cuando la señora menuda se acercó con los platos gigantes, el señor de rostro de porcelana se marchó. Al otro lado del local, tomó asiento en el taburete y siguió con sus crucigramas.

–Uf, pensaba que se quedaría– expresó Natalia con un tono de alivio.

–Sí, yo también.

Comieron comentando que en aquel país todo se fabricaba a lo grande. No solo el mastodonte que les habían entregado en la compañía de alquiler de coches, también el café que desayunaban tenía proporciones excesivas. Y por supuesto, también la comida que les acababan de servir. En la tele, un partido de fútbol americano creaba discordia en las gradas.

–¿Te has bebido toda la Coca-Cola? – preguntó él, sorprendido.

Ella se encogió de hombros.

–Coca-Cola, hamburguesa, este país te está cambiando – bromeó.

Ella reaccionó con una sonrisa.

–Ya sabes, sólo bebo Coca-Cola cuando me deshidrato o cuando tengo resaca, y esto parece el desierto, así que me siento entre ambas cosas.

Dani respondió con una risa, y de repente, la tensión del viaje se suavizó.

–Aún estás a tiempo de ir a Texas – y con la cabeza señaló al señor.

Como Dani se había relajado, Natalia también. Era la historia de siempre. Uno se enfadaba y el otro más, uno se tranquilizaba y el otro más, y ¡aquí no ha pasado nada! Hasta nueva discusión.

–Qué malo eres–le respondió con una sonrisa mientras se ponía de pie–. Seguro que ese pobre hombre hace diez años que no habla castellano con nadie. Diez años mínimo, y está desesperado. Pobre hombre.

–Puede hablar castellano con su mujer.

–Ya…no, qué va, entre ellos deben de hablar en inglés.

–¿Vas a cambiarte?

–Sí, voy al baño– cogió la ropa y se aseguró de no olvidarse nada–. Enseguida vuelvo.

–Vale, voy pagando.

Natalia se adentró en el pasillo, siguiendo el cartel de Restroom, porque allí, a diferencia de los países europeos como Inglaterra o Irlanda, toilet no existía. El lavabo se llamaba Restroom y punto.

Dani centró la atención en el partido. Un jugador había efectuado una falta violenta, y los espectadores parecían alarmarse.

La que se va a liar, pensó.

Miró el reloj. Habían pasado quince minutos desde que Natalia entrase en el baño.

¿Por qué tarda tanto Natalia? Sólo es un bikini.

Decidió ir pagando, para ganar tiempo. Se habían entretenido demasiado y a las 22h debían entregar el coche en el aeropuerto de San Francisco.

El partido mantuvo la violencia, los jugadores empezaban a mostrar cierto nerviosismo que les perjudicaba. Dani miró el reloj. ¿Qué estaba haciendo Natalia durante tanto rato? La cuenta estaba pagada hacía casi diez minutos y la señora empezaba a lanzarle miradas sospechosas que él trataba de evitar. Al final, la mujer se le acercó con el mismo paso torpe, y Dani se vio obligado a prestarle su atención.

–¿Vas a querer algo más?

Una invitación sutil a abandonar el local.

–No, gracias, sólo estoy esperando a que mi novia salga del baño. Ha ido a cambiarse de ropa.

–¿Su novia?

–Sí, la chica que me acompañaba.

–Usted ha venido solo.

Dani pestañeó, sin entender.

–Yo he venido con una chica, ¿no se acuerda? Le ha dicho que parecía americana por lo rubia que es.

–Lo siento, pero no había ninguna chica, ni rubia ni morena. Usted ha entrado solo.

Al tratar de ponerse en pie, Dani efectuó un gesto nervioso que le quedó violento. Cuando se apoyó en la mesa, ésta se agitó ligeramente. Lanzó una mirada a la dueña del establecimiento, a medio camino entre el desafío y la inseguridad, y sin pronunciar palabra se adentró en el pasillo que conducía al lavabo de mujeres. Encontró una estancia cuadrada, blanca y pequeña, que también hacía función de trastero. Una fregona mugrienta descansaba sobre un cubo de plástico carcomido. Un váter sin tapa, y una pica amarillenta. Eso era todo. Llamó a Natalia, pero no obtuvo respuesta. Después se dirigió al lavabo de hombres. Nada. Natalia tampoco estaba allí.

 Volvió a la sección restaurante, el matrimonio lo contemplaba distante, como si no comprendiera.

¿Por qué lo miraban así? Ellos habían secuestrado a Natalia.

Cogió aire, tratando de poner en orden las ideas. Estaba igual de enfadado que asustado.

¿Algún problema? – dijo el hombre de rostro de porcelana.

–Yo he venido con una chica, se llama Natalia. ¿Dónde está?

–Le repito que usted ha venido solo.

–Por favor–prosiguió el hombre–, le voy a pedir que abandone el local, está asustando a mi señora.

  Dani dio media vuelta y volvió a llamar a Natalia. Dio cuatro gritos, pero no obtuvo respuesta, y finalmente, desesperado, se dirigió a la calle.

Al abrir la puerta el sol fuerte le cayó como una losa. Se detuvo junto al jarrón de cerámica, para poder pensar con calma, lejos de esos dos secuestradores y a saber qué más.

–Señor, voy a llamar a la policía si no se marcha– comentó la señora a sus espaldas.

–No, a la policía la voy a llamar yo.

Dani oteó el perímetro. La gasolinera, el Starbucks, el Burger King, todo permanecía en su lugar. Incluso la furgoneta blanca continuaba allí. Y entonces vio algo de luz, una esperanza remota. El chico pelirrojo. Él tendría que servir de ayuda. Se acercó a toda prisa y la chica de la gasolinera, al verlo, se alarmó. En un inglés mediocre pero suficiente le pidió que llamase a la policía y ella, que no tendría más de veinte años, obedeció. Inmediatamente caminó entre los coches, buscando al chico pelirrojo de la furgoneta blanca. Al fondo, la pareja de mexicanos aún lo observaba trajinar.

–Perdonad, perdonad, me he cruzado antes con vosotros.

–Sí – dijo el chico pelirrojo.

–Me habéis visto, ¿verdad?

–Yo no–dijo una chica que posiblemente era menor.

–Yo no–dijo otro desde dentro.

–Yo sí– dijo el pelirrojo.

–De acuerdo, entonces, me has visto ¿Y has visto que iba con una chica? Una chica rubia, no muy alta.

El pelirrojo dudó.       

–Sólo te he visto a ti. Lo siento, no me he fijado.

Dani emitió un suspiro desesperado.

–Oíd–señaló al matrimonio que, desde la distancia, seguía siendo testigo de los actos de Dani–. Ese matrimonio de ahí ha secuestrado a mi novia, la tienen encerrada a saber dónde. Ha ido al lavabo y no ha vuelto. De eso debe de hacer media hora.

Ante la noticia la gente se arremolinó.

–Está bien–dijo la chica de la gasolinera con tono pacificador–. La policía está en camino. Ya los he llamado, no tardarán en llegar, cálmese.

Dani le devolvió la mirada al matrimonio.

Qué impotencia.

Estos debieron de sentirse cohibidos, o cansados de la escena ¡A saber! Y entraron de nuevo en el local cerrando la puerta a sus espaldas.

La policía llegó pasado un cuarto de hora, cuando Dani daba pequeños pasos sin rumbo en la puerta de la gasolinera.

La chica, a unos pocos pasos de distancia, le hacía una compañía silenciosa. Él ni siquiera advirtió su intento de apoyo moral, y cuando la pareja de policías, mujer joven y hombre mexicano de mediana edad, inspeccionaron el restaurante, él casi no le dirigió la palabra. Ella no lo reprochó, claro, porque ya se sabe que en momentos de tensión no hay cabida para las tonterías.

Al poco, la pareja de policías salió del local. Comentaron algo en la puerta, como si realizasen un pacto entre ellos, o ultimasen los detalles, y después se dirigieron hacia la gasolinera.

–No hemos encontrado nada fuera de lo normal.

–¿Qué? ¡Venga, hombre!

El policía habló con firmeza, con la mirada puesta en el recinto, y aquel gesto a Dani lo desesperó todavía más.

Al menos podría mirarme a la cara mientras me habla, ¿qué falta de respeto es esta?

Vio como subía la cintura del pantalón de una forma muy chabacana, casi pueblerina.

Por favor, que estamos cerca de Los Ángeles, no hay catetos en esta zona. Pues parece que sí.

–¿Tiene pruebas de que una mujer viajaba con usted?

–¿Cómo que si tengo pruebas? Pues claro que las tengo.

Trató de calmarse, alguien nervioso pierde toda credibilidad. Pero, ¿cómo iba a ser capaz? Habían secuestrado a Natalia, y mientras, los mexicanos mostraban una actitud distante y asustadiza, como quien asume el inconveniente de tratar con un cliente chalado. Refugiaban su emoción en el buen actuar de la policía. Les habría destrozado ese local barato a machetazos, hasta encontrar a Natalia.

–Han secuestrado a mi novia–repitió como si tratara de hacer entender a un niño.

–No hemos encontrado a nadie.

De repente, a Dani se le ocurrió una idea.

–Venga conmigo.

Se dirigió al Chevrolet, con paso rápido. A esa hora el calor había atenuado y un aire más agradable se había instaurado en su lugar.

–Su maleta está en el coche.

Pero al abrir el maletero encontró únicamente la suya.

–No lo entiendo, aquí estaba su maleta. La maleta gris de Natalia.

–Mire, hemos contactado con el hotel de Los Ángeles, dicen que usted se alojó solo. Que no le acompañaba ningún hombre ni ninguna mujer. Además, hemos revisado los vuelos con los llegó a Los Estados Unidos y no existe ningún pasajero con el nombre que usted asegura. No hay ninguna Natalia.

–Ni hablar, ¿qué dice? Yo he venido con una chica, usted está con ellos, se ha puesto de su parte.

El policía le pidió que él mismo llamase al hotel y Dani así lo hizo.

Una voz femenina le respondió. Trató de mantener la calma y le pidió que le confirmara la reserva.

–Vino solo– contestó la chica.

Dani colgó, ahora asustado y sin entender. La pareja de policía tenía una actitud tajante, como si diera por finalizada la situación.

–Por favor, márchese del restaurante y no vuelva.

–Váyase si no quiere que le detenga.

Subió al coche y arrancó, no porque tuviera intención de marcharse, sino porque la cercanía con el restaurante no le permitía pensar con claridad. Era como si le robara la energía.  Se detuvo a unos metros, y por el retrovisor divisó la silueta de los policías estancados junto al parking vacío del local. Tuvo la impresión de que lo trataban como a una amenaza y harían guardia hasta que se marchase. Sólo por precaución.

Miró el móvil. Las fotos, en alguna foto debería aparecer Natalia. Puf, apenas tres fotos del paseo de la fama y en ninguna salía ella. ¿Por qué no haría más fotos? Era un viaje, la gente hacía fotos en los viajes. Se llevó las manos a la cara. ¿Dónde estaba Natalia? ¿Y si la habían matado? ¿Y si traficaban con sus órganos? Una idea tras otra cruzó su mente. A cuál peor. Era curiosa la manera que tenía la imaginación de dispararse cuando el miedo la invadía. Y por último… ¿Y si estaba loco? Un día, en una discusión llevada al límite Natalia se asustó porque, según dijo, Dani se inventaba algunas cosas. Y lo llamó esquizofrénico. Pero era debido a su tozudez y su necesidad de control. No porque estuviera loco. Natalia no hablaba en serio aquel día, sólo era una discusión. Aunque si Natalia no existía quizás sí sufría la enfermedad. ¿Natalia no existía? ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a casa y preguntar a su madre si Natalia era real? El hotel, los de la compañía aérea, la policía… ¿cómo podían compincharse? ¿Y la maleta? Vale, la maleta era fácil, sólo tenían que abrir el coche y robarla. El tema de la compañía aérea debería comprobarlo por sí mismo, pero ¿y el hotel? ¿También estaban con ellos? No podía ser, era una casualidad muy difícil de cumplirse. ¿Natalia no existía? Y que Natalia no existiera le dio más miedo que todo lo anterior, quizás no porque él estuviera loco, sino por el hecho de que de repente, la necesitaba a su lado. ¿Qué era peor? ¿Echar de menos a alguien que había desaparecido o a alguien irreal?

Tengo que llamar a casa, decidió, y que mis padres piensen lo que quieran. Si estoy loco, pues estoy loco, pero tengo que saber si Natalia existe.

Apenas tenía batería, así que abrió la guantera del coche para buscar el cargador. No pretendía quedarse a media conversación. ¿Qué le diría a su madre? No te asustes, pero quiero saber con quién vine de viaje.

Encontró el cardador enseguida, era persona ordenada. Cerró la guantera con un golpe seco y entonces, a los pies del asiento del copiloto, vio restos de arena. Miró el asiento. Una ligera mancha oscurecía el tapizado. Y al pasar la mano por encima, notó la humedad en los dedos.

Porque Natalia, todavía llevaba la ropa mojada.

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