Relato

Desconocida

Ramón, profesor de Filología Románica de la Universidad de Barcelona, aún no entiende cómo se ha entretenido tanto. Siempre ha sido una persona puntual, actúa como dirigido por un reloj interno, uno muy preciso y exacto. Pero hoy, por alguna extraña razón que no logra deducir, llega tarde. Se ha levantado nada más sonar el despertador, y lo ha hecho sin pereza a pesar de haber dormido poco y mal. Enseguida se ha calzado las zapatillas baratas de supermercado, y el contacto de la piel con la felpa suave le ha provocado una ligera e inmadura felicidad. No le importan los cuadros coloridos y estampados, ni que estos hagan pensar en un anciano. Aquellas zapatillas le gustan y, con ellas, se siente cómodo y casero. Después se ha dirigido al baño y se ha metido en la ducha. Ha desayunado lo mismo de cada día, dos tostadas con mantequilla y café con leche, y se ha vestido con la primera camiseta que ha encontrado, combinándola con unos vaqueros un tanto desgastados en los bajos. Ramón repasa los hechos, calcula el tiempo invertido, y opina que no se ha entretenido especialmente, ni en la ducha, ni en vestirse, ni en el desayuno. Ha tardado exactamente lo mismo que otros días. O por lo menos, es lo que le parece a él, porque aun así llega tarde. Son las ocho y media de la mañana cuando cierra la puerta de casa y baja las escaleras de un modo casi robótico. El bolso que transporta cruzado, donde residen algunos libros y los apuntes, roza con la pared produciendo un fris, fris incómodo. En el segundo piso mira el reloj de pulsera, exhibiendo la concentración que requieren los relojes que no llevan números. En realidad, le apetecería comprar otro que muestre la hora de una manera más clara, alguno en el que no deba dejarse la vista. Pero un indicio de angustia florece en su expresión sólo de imaginarse explicando a Rebeca que aquel reloj que le regaló en el primer aniversario no le acaba de gustar. Algo a su alrededor se ensombrece. Además, hoy debe disimular la antipatía hacia ese reloj, porque Rebeca lo acompaña. Normalmente, como ella abre la clínica veterinaria a las nueve, salen por separado, cada uno por su lado, pero hoy es diferente porque él llega tarde. En la calle caminan juntos hasta la parada del metro. Si Ramón se viera obligado a opinar, diría que, a Rebeca, este hecho, lo llena de alegría, una alegría ridícula, según su opinión. Pero sólo lo piensa y no lo dice, y cuando ella le coge muy fuerte de la mano y se le aproxima hasta que los hombros se frotan desmesuradamente, él se limita a devolverle una sonrisa que, aunque ella no lo advierte, es completamente forzada. Y claro, Rebeca le cree cuando él se deshace de su mano de una manera sutil y le explica que, con este calor que hace y el terrible bochorno, le transpiran las manos.

Hace apenas un mes que viven juntos, en el piso de él, situado en la calle Mallorca, el cual de repente ha empequeñecido. Ramón se pregunta si un piso puede encoger en cuestión de días. Pero los pisos no encogen, sino los espacios libres. Reflexiona. No sabe cómo ha acabado viviendo con Rebeca, del mismo modo que no sabe por qué llega tarde. Si no quería vivir con ella, ¿por qué dijo que sí cuando se lo propuso? Quizás aceptó porque le cuesta estar solo. Sabe que es de este tipo de personas que siempre necesita a alguien. Siempre lo ha necesitado y siempre lo necesitará. De aquellas personas que cuando concluyen una relación no tardan en empezar otra. Es como una enfermedad. Quizás está enfermo. De repente lo ve claro. Él quiere mucho Rebeca, está enamorado, sino no viviría con ella. Lo que pasa es que el piso es pequeño. Pero esto tiene solución. Esa misma noche hablará con Rebeca. Le comprará un regalito que le dará después de la cena, y entonces soltará la noticia, porque está convencido: deberían casarse y comprarse una casa. De pronto, la voz de Rebeca preguntando si olvida algo lo devuelve a la realidad. Piensa un segundo, y responde que no, que lo ha cogido todo porque se prepara la bolsa por las noches. Entre risas cariñosas, ella le comenta que es un desastre, y que si no se deja la cabeza es porque no puede.

Llegan a la estación del metro. Es un día de primavera, en el cielo se empieza a vislumbrar un matiz gris que pronto se convertirá en azul claro. Bajan las escaleras y, en el andén abarrotado, esperan un minuto. El metro por fin llega y tras detenerse, las puertas se abren. Primero entran unos chicos y después una anciana a la que una chica ofrece el asiento. Ramón y Rebeca se sujetan a la barra del pasillo. Ella inicia una conversación, siempre lo hace, y a él, a veces, le resulta difícil seguir el hilo de los diálogos largos y siempre tan enrevesados ​​de Rebeca. A menudo se pierde en sus palabras, pero ahora no la quiere ofender y va diciendo que sí. Entonces, Ramón ladea la cabeza y es en ese preciso instante cuando percibe la silueta de una chica joven, sentada en los asientos contiguos. De pronto le invade el pánico. Tal vez Rebeca se dé cuenta de que ha mirado a otra chica, y entonces dirige su atención hacia ella, la mira a los ojos mientras ésta continúa planeando el fin de semana. Él desvía la mirada de nuevo, la chica tiene el pelo más corto de lo que le había parecido a primera vista, por debajo de los hombros. Lleva el flequillo recogido con una horquilla, y el resto de cabello se le extienden un poco alborotado. Él también tiene el pelo alborotado, pero de una forma diferente. A ella le quedan bien así y no se la imagina de otra manera. Tiene una belleza natural, casi radiante. La observa mejor y divisa unos pendientes pequeños en forma de perlas. Vuelve a centrarse en Rebeca, que aproxima su cuerpo para comentarle algo al oído. No comprende bien qué le ha dicho, pero sonríe, la sonrisa es la respuesta estándar. Vuelve a mirar a la chica, que lee. ¿Cómo no se ha dado cuenta de que lee? Llegan a Tetuán, las puertas se abren, sale gente, entra gente, y finalmente, las puertas se cierran nuevamente. La chica mantiene los ojos fijos en el libro sin levantar la cabeza y él alterna miradas hacia delante, donde se encuentra Rebeca y hacia la izquierda, buscando a la chica. Entonces esta última recibe un mensaje en el móvil y cierra el libro. Ramón advierte que lee La Eneida, y claro, el enamoramiento es instantáneo. Casi nadie hoy en día lee La Eneida.

Los dos asientos que hay junto a la chica quedan libres cuando dos chicos se levantan, y Ramón, por timidez o conmoción, no se mueve. Pero Rebeca es rápida. Ella se apodera del asiento más lejano a la chica, dejando un hueco libre entre ambas. A Ramón no le queda más remedio que sentarse. Lo hace despacio, como si pretendiera pasar desapercibido. Pero esto surte el efecto contrario, ya que la chica le dedica una mirada furtiva.

¿Cuántos años tendrá? 28, 29, 30. Quizás. No, no debe llegar a los 30. La debe mirar de nuevo. 25. Con 25 es demasiado joven para él. Nunca ha sabido calcular edades. Entonces calcula un promedio. 27. Sí, esto está mucho mejor, tiene 27 y punto.

Ya la ha mirado una vez, disimulando estúpidamente, así que no puede repetir el gesto en un buen rato. Sin embargo, Ramón clava los ojos en el vidrio oscuro de la ventana delantera. Es un gesto que dura apenas un segundo, e inmediatamente se centra en Rebeca. Después, alza la cabeza al tiempo que la chica, y sus miradas se encuentran en el reflejo de la ventana delantera. Ella disimula y él se aclara la garganta. Vuelve a Rebeca. Sube la mirada. Ella lee otra vez. Baja la mirada. Ella sube la mirada, y cuando la baja, él vuelve a subirla. Esta vez no se han encontrado. ¡Ramón! Observa a Rebeca y sonríe, la respuesta estándar. Sube la mirada. Ella ha cerrado el libro y él la contempla de reojo. La Eneida, con letras negras y grandes, y bajo estas, el nombre de Virgilio. Están a punto de llegar a Paseo de Gracia, esto quiere decir que Rebeca ha llegado a su destino. Dispondrá de unos minutos escasos, antes de llegar a Universitat y bajar del metro, para decirle algo a la chica. ¿Qué puede decirle que no suene un poco a tópico? Bueno, flirtear queda descartado. La chica lo debe de haber visto con Rebeca, y, ¿qué pensará si de pronto emprende una conversación interesada? Una alternativa sería fingir que algo se le cae al suelo. Si ella, en un gesto amable, lo recoge, la conversación está garantizada.Llegan a Paseo de Gracia y Rebeca no se marcha. Toma del brazo a Ramón, realizando un gesto cariñoso que, a él, en cambio, le parece angustioso. Y se le aproxima, pega los labios a sus mejillas, como si lo quisiera besar. Le explica que como es muy temprano lo acompaña hasta Universitat. ¿Y, después volverás? Pregunta Ramón. Si Rebeca nota el desespero de su tono, no realiza comentario alguno. No le comenta que no es necesario, porque no quiere enfadarla, además, las puertas ya se han cerrado, y Rebeca sigue a su lado, así que es tarde para tentativas exasperadas. La chica, después de introducir el libro en el bolso, se levanta, se acerca a la puerta y se coloca justo delante del botón verde que abrirá las puertas en la siguiente parada.

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