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El mejor modo de vida

Había una vez una Sirenita que perdió la voz para gustarle a un hombre.

Pero no era un hombre cualquiera, se decía la Sirenita, era un Príncipe, de esos capaces de romper hechizos, de los que matan dragones con tan solo empuñar su espada y ahuyentan los peligros de tu vida. Esos a quienes las brujas, las envidiosas, nunca podrán vencer.

Este es mi mejor modo de vida, se decía la Sirenita, los príncipes no hospedan maldad en su corazón, ni egolatría. Cada paso que dan es por ti, cada palabra, cada gesto, no es más que el producto de una preocupación mayor. O eso dicen.

Pero como la Sirenita no tenía voz, no podía explicarle al Príncipe todas las cosas que le generaban molestia: normalmente, algunas palabras incorrectas en momentos poco adecuados. Trató de hacerse entender.

Ante la angustia de la Sirenita, el Príncipe fue directo.

No me gusta que nades sola porque el mar es peligroso, declaró el Príncipe, hay tiburones y piratas, lo digo por ti, porque me preocupo y porque te quiero. Me malinterpretas.

La Sirenita recapacitó. Los príncipes eran buenas personas, y el suyo mató a la Bruja por ella. Pero, ¿era realmente una bruja?  La duda se abrió paso en sus pensamientos. Lo que ocurría era que el Príncipe no soportaba a las mujeres que se acercaban solas al fondo del mar, estaban locas, con todos esos peligros acechando. ¿Cómo no iba a ser una bruja?

Este es mi mejor modo de vida, se dijo la Sirenita. El Príncipe jamás la maltrataría a propósito. Era ella que no comprendía sus bromas. O eso decía el Príncipe.

Pero como la Sirenita no tenía voz, no podía explicar todos los actos que le dolían.

Te estoy llamando, ¿por qué no me contestas? Le había dicho el Príncipe. La Sirenita se había despistado, pero ¿tan grave era? El Príncipe estaba exagerando al respecto. Algo de ella no le había gustado, quizás sólo había vuelto de mal humor de su día de caza, y su enfado había dado paso a una manifestación exagerada.  Esto fue lo que pensó la Sirenita.

Todas las Sirenitas sois malvadas, le dijo un día el Príncipe. Ella nunca supo adivinar de dónde venía aquel rencor. Él prosiguió: ¿No asesinaban las Sirenitas a los hombres en la Isla del Sol? Suerte que el pobre Ulises logró defenderse de ellas.

Pero como la Sirenita no tenía voz, no pudo decirle que La Odisea sólo era una historia inventada por alguien a quien en ese momento le convino perjudicar a las sirenitas.

Pero los Príncipes no albergaban maldad. Eran entes dirigentes que brillaban donde el resto palidecía.

Maté a la Bruja por ti, le recordó el Príncipe, ¿No era envidia lo que ella sentía? Yo te salvé.

Y la Sirenita recapacitó. ¿Cómo no iba a ser una bruja si se había enfrentado a un príncipe? O eso decía él. Las Brujas eran malvadas.

Aunque también decía que lo eran las Sirenitas.

La Sirenita se agobió, pero como no tenía voz, no podía desahogarse. Además, empezó a tomarse las palabras del Príncipe como un ataque. Él no tardó en ofenderse, y recurrió de nuevo a la mala interpretación de la Sirenita. Él nunca dijo que las Sirenitas fuera malvadas. Ella se había confundido ¿Cómo iba a decir semejante estupidez? Con todo lo que la quería.

Este es el mejor modo de vida, se convencía la Sirenita. No hay nadie mejor que el Príncipe para mí. ¿Qué iba a hacer sola? ¿A dónde iría?

¿Dónde pretendes nadar, si no sabes? Le dijo el Príncipe.

Pero como la Sirenita no tenía voz, no pudo replicar. Así que, para no molestar al Príncipe, la Sirenita dejó de nadar. ¿No era eso el amor? Con todo lo que el Príncipe había hecho por ella, ¿no podía devolverle, al menos, ese favor? ¿Qué es el amor sin un poco de sacrifico?

Este es el mejor modo de vida, ¿no? se decía la Sirenita. El Príncipe jamás la controlaría por maldad. Si pretendía saber dónde nadaba era porque se preocupaba por ella. El Príncipe cayó en la excusa más trillada. Quizás la había oído por ahí: yo sé cómo son los hombres, dijo, sé cómo piensan, y por eso me preocupo por ti, trato de defenderte de ellos.

La Sirenita no acabó de entender estas palabras. ¿Qué piensan? ¿Son un peligro? ¿Quieres decir que tú también eres así?

Pero no, él era un Príncipe, era honrado. Con todo lo que hizo por ella.

Y como la Sirenita no tenía voz, no pudo quejarse cuando le apetecía nadar un poco más y llegar más tarde a casa. Había abandonado el mar por él, su vida anterior estaba allí, entre corales y por supuesto, entre tiburones, pero al fin y al cabo era su vida y la echaba de menos.

Poco a poco le invadió una terrible sensación de pérdida. La mujer que fue empezó a convertirse en un recuerdo que parecía estancado, como la espuma que flotaba en la orilla del mar.

Pero el del Príncipe era un amor acérrimo, nacido del corazón, y por eso, sólo le bastaba una mirada de ella para percibir el desconsuelo. ¿No soy suficiente para ti?, le decía él, ¿Cómo quieres nadar sola, si no sabes? ¿Qué harías sin mí?

Este es el mejor modo de vida, se decía la Sirenita. El Príncipe le había comprado un vestido rosa, de mangas abullonadas y con brillante en los bajos. Un vestido de princesa.

Resultaba sospechoso que el regalo hubiera venido después de un disgusto.

No hace falta que camines sola por el castillo, la regañó el Príncipe, yo te acompañaré. Y si no puedo, la mujer de mi hermano, una auténtica Princesa, lo hará por mí. Pero no es necesario que vayas sola.

Es que quiero ir sola, pensó la Sirenita. No lo dijo, porque había perdió la voz. Pero el Príncipe conocía sus pensamientos.

¿Por qué quieres ir sola?, cuestionó él, ¿Qué maldad cruza por tu mente? Quizás haga yo lo mismo. ¿Qué me ocultas para querer ir sola? 

La Sirenita se puso a llorar, porque claro, no podía hablar. Pero el Príncipe supo consolarla.

Lo hago por ti, te quiero y me preocupo, no quiero que te ocurra nada malo, y tú me malinterpretas, ay, pobrecita, pobrecita…y le acarició la cabeza.

Y así, la Sirenita tuvo un vestido nuevo.

Qué regalos te hago eh, dijo el Príncipe, con todo lo que hago por ti, y tú no me valoras.

¿Este es el mejor modo de vida? se preguntó la Sirenita. Empezó a sentirse como a una inútil, ¿cómo no iba a ser una inútil, si cambió la voz por un hombre? Si fuera la Bruja se defendería. Pero la Bruja nunca perdió su voz por nadie, y el Príncipe la mató porque esas mujeres que nadaban solas, ya se sabía… ¿qué buscaban? La Sirenita empezó a entender que quizás la Bruja no la envidiaba como el Príncipe aseguraba, sólo lo odiaba a él.

Como la Sirenita no podía hablar no pudo defenderse cuando el Príncipe le preguntó dónde iba con dos conchas como sujetador. ¿Pero no era lo que había llevado siempre? La conoció así, con dos conchas y una cola de pez.

¿A quién quieres provocar? La acusó el Príncipe, ¿A los Tritones del mar? ¿A los campesinos del pueblo? ¿A los piratas que navegan por las noches? Te regalé un vestido y no te lo pones. Ese regalo te lo hice porque te quiero.

La Sirenita pensó que la Bruja jamás callaría ante un comentario tan terrible como aquél. Pero la Bruja tenía voz. O la tuvo, porque él la había matado.

Las Brujas son mujeres envidiosas, y por eso viven amargadas, había dicho él, son violentas y odian a los Príncipes.

No creo que este sea el mejor modo de vida, pensó la Sirenita.

Quizás debería volver al mar con su familia y sus amigos. ¿Pero qué haría? Había olvidado nadar. Eso era lo que aseguraba el Príncipe. Y los Príncipes no mentían. Sólo se preocupaba por ella, porque el mar era peligroso y él deseaba cuidarla. Era ella, que malinterpretaba sus intenciones.

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